Exposición Permanente / Audioguías
 
 
Mundo Contemporáneo
- Colón ante los Reyes Católicos (boceto)
- Armario-Altar portatil y estatua de San Fernando
- Vara de cuentas
- Autorretrato juvenil de Sorolla
21. Colón ante los Reyes Católicos (boceto)
Antonio González Velázquez, miembro de una familia de artistas, formado  con la escuela de Mengs, fue pintor de cámara del Rey y director de pintura de la Academia de San Fernando. Su principal actividad fue la de fresquista, interviniendo en varias decoraciones de Palacio. A este ámbito nos lleva este lienzo: se trata del boceto para el fresco que cubre la bóveda del antiguo "Cuarto de la Reina" o “Sala de Besamanos”, hoy Comedor de gala del Palacio Real de Madrid. Se trata de un raro cuadro “de presentación”, elaborado para que el cliente decidiera, en este caso Carlos III, sobre el resultado final. En su composición, de sotto in su (para ver desde abajo hacia arriba), dos cortejos se contraponen: el Descubridor del Nuevo Mundo se arrodilla ante Isabel y Fernando, en trono bajo palio, y les ofrece una esfera terráquea, acompañado de marinos que cargan presentes de ultramar. En el otro lado, el complemento mitológico de la escena anterior: el olimpo de los dioses paganos muestra sus virtudes, comparándolas con las de la monarquía católica.



22. Armario-Altar portatil y estatua de San Fernando
Ejemplar insólito del mobiliario litúrgico es este oratorio portátil que hubo de desempeñar funciones de altar urbano para los festejos o manifestaciones religiosas al aire libre. El armario incluía a su ingreso en el Museo, la gran talla de san Fernando que da sentido al conjunto. Esta estatua, que ha perdido la corona, debió ser una de las muchas que fueron encargadas en toda España para rendir homenaje al recién nombrado santo en 1671, y presenta al monarca con una indumentaria anacrónica compuesta de armadura, gola y gran capa tejida con los escudos de Castilla y León, que sostiene esfera y esgrime espada. Los festejos originados en León con motivo de esta efeméride debieron provocar, por tanto, la ejecución de la figura y de su contenedor, celebrando en plaza pública multitudinarias ceremonias.



23. Vara de cuentas
Por referencias de viajeros y estudiosos conocemos la costumbre, ya rastreada en los siglos XV y XVI, de algunos concejos de la montaña leonesa de llevar la contabilidad administrativa sobre largas y fuertes varas de sauce que se llenaban de signos hoy día indescifrables. En un entorno de escasísima alfabetización, estos archivos de datos supusieron un objeto precioso, de la máxima confianza para las gentes que habitaban durante generaciones un entorno aislado y hostil. Estos dos ejemplares únicos se guardaban en el Palacio de los condes de Luna en León, quizás como testimonio de la custodia que los señores debían hacer de la información acerca de sus transacciones y de la situación de sus dominios y sus vasallos.



24. Autorretrato juvenil de Sorolla
Llegado al Museo por medio de un generoso legado que incluye otros tres sorollas y dos pequeños cuadros costumbristas de Darío de Regoyos, entre otros bienes, este lienzo es, posiblemente, el primer autorretrato del pintor, a una edad aproximada de veinte años, momento en el que, tras haber obtenido ya varios galardones menores (en exposiciones regionales y nacionales, en particular) está a punto de marcharse pensionado a Roma por la Diputación valenciana. La pincelada fogosa pero afirmada de Sorolla y la maestría radiante de sus escenas costeñas, que le hicieron famoso internacionalmente en vida, le han convertido para el imaginario popular en el pintor de la luz, del aire pleno y diáfano del Mediterráneo por antonomasia. Aunque nunca se consideró retratista, ejerció esta especialidad con gran desenvoltura, con equilibradas dosis de hondura psicológica y enérgica técnica. En este caso, el joven que mira de tres cuartos a los ojos del espectador ha sido trazado con una paleta ocre y un acabado sumario, incluso sin terminar en los bordes de la tela, por influencia de sus visitas al Museo del Prado. En el blanco del pañuelo del cuello se vislumbra la firma del pintor, casi perdida.




 
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