Actividades / Exposiciones temporales
 
 
Día Internacional del Museo, 2014
Programa de actividades para el Día Internacional del Museo (y su "noche de los museos).
- Una exposición temporal titulada: “Cosas veredes: objetos de museo” Un recorrido por algunos de los objetos que atesora el museo, en busca de los motivos por los que son acopiados, conservados y expuestos, y su relación con el resto de las colecciones. Incluye visitas guiadas a la muestra y al resto del Museo. Desde el viernes, 16 de mayo.
- “La noche del museo (de León): una visita especial”. En la noche del sábado 17 de mayo se prolonga el horario del museo hasta medianoche y habrá turnos de visitas guiadas gratuitas a partir de las 20 h. y hasta las 23 h., uno cada hora.
- Concierto especial “noche de los museos”, Pedro y el lobo, de Sergei Prokofiev, en La Noche de los Museos. Orquesta Juventudes Musicales-Universidad de León. Víctor M. Díez, narrador y Juan Luis García, director (Pedro y el Lobo es una obra de Sergéi Prokófiev escrita en 1936. Es una historia para niños, con música y texto adaptado por el propio compositor, con un narrador acompañando a la orquesta). El sábado 17 a las 23:30 h.
- Entrada gratuita la semana del 12 al 18 de mayo.
NOTA: Todas las actividades son gratuitas y tienen entrada libre hasta completar aforo.

Cosas veredes

Una exposición temporal con motivo del Día Internacional de los Museos de 2014

Un dicho popular (adjudicado apócrifamente a Cervantes) dice: “cosas veredes que farán fablar las piedras”. Pues bien, si hay un lugar donde las piedras hablan, donde uno puede asombrarse de las cosas que ve, ese lugar es el museo.

Desde 1977, el 18 de mayo se celebra en todo el mundo el Día Internacional de los Museos, una oportunidad para enfatizar cuantas novedades y sorpresas nos aguardan pacientemente en el interior de estos cofres de tesoros, que la sociedad ha decidido preservar para todos. Este año 2014, el lema propuesto por el ICOM (el Consejo Internacional de los Museos, organismo que promueve la celebración) alude a los vínculos creados por las colecciones, unos nexos que tienden lazos con toda obra del hombre y de la naturaleza, con toda expresión e impresión acerca de su historia y su porvenir, con toda huella de los tiempos.

Pero ¿Qué tienen en común un ingenio industrial y el diente de un animal extinto? ¿Qué el colorido gorrito tejido para un bebé con el arma prehistórica más deslustrada? ¿Por qué guardamos algunos evitando su deterioro si en su día apenas importó que se estropeasen con el uso? En definitiva, hoy que casi todo va a parar a los museos, como arrumbaderos de lujo de una cultura ávida de su propia biografía, hoy que toda huella es indicio, ¿por qué guardamos ciertas cosas (y ciertas otras no) en los museos?

Porque los objetos no tienen vida, pero no están inanimados. En ellos laten o se agazapan sensaciones y reflexiones que rescatan vidas perdidas o, al menos, la sombra de aquellas que creemos poder revivir gracias a su embajada, a su presencia vicaria. Así resulta curiosa y significativa la forma de relacionarse con los objetos que sucede en los museos. Curiosa porque les entregamos el poder de albergar emociones y acontecimientos que no hemos conocido. Gravita sobre ellos un aprecio nuevo y diferente que nos conduce, desde épocas pasadas (remotas o recientes) hacia nosotros mismos. Significativa porque revela nuestras debilidades, nuestros miedos, fortalezas, vergüenzas y frustraciones; nuestro deseo de ser mejores, nuestra certidumbre sobre casi nada.

Si nos preguntamos cómo llegan los objetos a los museos, esos procedimientos mentales, más allá de etiquetas académicas, descubren vínculos de raíz cultural y social. En su infancia, los museos fueron cámaras de maravillas, Wünderkammer o gabinetes abarrotados de piezas de un puzle siempre incompleto que intentaba crear universos en miniatura, mundos más ordenados, más racionales, más domésticos y cognoscibles, más tranquilizadores. Siguen siéndolo. El museo es una creación a escala del hombre, concebida y forjada para él, que se siente entre sus paredes un pequeño y confiado demiurgo. Aunque también sea un dédalo de sus ansiedades e inseguridades, de ahí su multiplicidad, sus desacuerdos, su fragilidad innata.

Objetos de museo

Ahora bien ¿qué es llamado a participar en ese microcosmos? ¿Cuáles son los hilos de ese laberinto? Con motivo del Día Internacional de los Museosel Museo de León se propone indagar sucintamente sobre alguno de estos códigos en una exposición temporal que sirva de breve elucidario para la visita de su muestra permanente, allí donde esos códigos operan no siempre a la vista de todos.

Con el optimismo de los primeros científicos, dos  amplias categorías primeras se alzaron en sus salas desde su origen: naturalia y artificialia, las obras de la naturaleza y aquellas con que el ser humano la completaba, animado por su propio carácter creativo.  Poco después, las etiquetas académicas encasillaron los bienes del museo en respectivos órdenes y taxones: el arte, la arqueología, la etnología, la ciencia… Sin embargo, otras naturalezas más profundas y directas se antojan operando en el fondo de tales vitolas. Unas naturalezas que trastocaron el estatuto de la realidad desde que el ser humano empezó a amontonar piedrecitas, conchas u otros objetos inútiles en un lugar recóndito de sus cuevas, augurando un interés por las cosas que se atenía a una voluntad más allá de la mera supervivencia.

Lo bello. Quizás fue el primer destello, quizás la primera revelación de que el mundo podía ser otro. Al fin y al cabo, la belleza es la parte de lo terrible que aún somos capaces de soportar (Rilke). Y aunque lo hermoso, la idea de perfección ha sufrido radicales y a menudo súbitas transformaciones a lo largo del tiempo (relegando sus productos al ostracismo, a veces para siempre, otras hasta que la fortuna gira),su condición siempre ha estado patente en cuanto los hombres han destinado a ser preservado del gran olvido, rescatado de la muerte: atesorado en las paredes del museo.

Lo raro (lo excepcional, lo extravagante, lo exótico). No resulta difícil entender por qué lo extraño nos fascina; de repente, nos descoloca, abre un abismo de asombro a nuestros pies, el precipicio de lo impensable, de lo prodigioso, un corte en la línea segura del pensamiento. Y, dentro de lo raro, una calidad aparte merece aquello que nos resulta exótico, por mucho que esta sea una particularidad más nuestra que del objeto, más del observador que de lo observado. Nos abofetea con la certidumbre de que no somos más que una manera de ser entre muchas, y que, también, podemos ser extraños en el paraíso. Pues sólo es exótico lo que se desplaza en el espacio (o en el tiempo, otra forma dimensional).

Lo antiguo. Lo vulgar, lo tosco, y hasta lo burdo, con el tiempo es tenido por prodigioso, por depositario de una excepción que justifica su pervivencia, por azarosa que esta haya sido. El paso del tiempo convierte a lo ordinario en extraordinario, a lo común en único, a lo irrelevante en significativo. Y de ahí al museo hay un paso. A veces, ese tiempo es cercano, aún está vivo, aunque agoniza. Entonces, la evocación, la nostalgia y todas las formas legítimas o insanas del padecimiento de la memoria se arraciman en torno a objetos en que creemos confinar la mala conciencia y depositar las claves de un pasado que liquidamos al fin. Son “aquellas pequeñas cosas…”

Estas calidades (entre otras) se entremezclan casi siempre, de forma que existen mestiza y calladamente en cada cosa, aunque una de ellas, tal vez, prevalezca. Sus destellos pueblan las vitrinas de los museos, esos cristales transparentes que funcionan como el espejo de Alicia. En este de León las hemos representado con objetos relegados a sus oscuros y abarrotados almacenes, objetos exiliados del discurso habitual del museo, incluso inopinada y acríticamente piezas de un museo distinto, que, por eso mismo, tienen pocas opciones de salir a la luz, salvo en ocasiones como esta, en que se reflexiona sobre su propia condición de huéspedes insólitos, relatos inéditos, cosas raras. Algunos de ellos, nunca antes expuestos, ahora nos interrogan con esa ingenua cuestión ¿por qué otros y no nosotros? ¿Cuáles son las conexiones que hibernan sin esperanza en las colecciones del museo? Quizás, como las opciones del jardín de senderos que se bifurcan, sean infinitas, el producto inabarcable de un infinito viajar.

Luis Grau Lobo

Director del Museo de León

 

 



 
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